Rafael Álvarez "El Brujo"  
 
Teresa o el sol por dentro



Hacer un espectáculo sobre una figura prominente no entraña una especial dificultad, a menos que no sea una dificultad estrictamente técnica, cifrada en los pasos habituales de un proceso que para mí ya es bien conocido: documentación, estudio, selección de contenidos, escritura del texto, memorización, ensayos y finalmente la presentación ante el público, a partir de la cual vienen aún más cambios, ya que es ahí donde se encuentra la medida y la decantación final de ese proceso. Este es el camino habitual en la juglaría moderna y en algunos estilos tradicionales como La Comedia del Arte, por ejemplo. Y esta es mi línea de trabajo, aplicada con frecuentes resultados satisfactorios. Pero la verdadera y real dificultad en esta ocasión, consiste en que la figura prominente es una referencia decisiva de las letras del Siglo de Oro español y al mismo tiempo de la mística occidental.

Los juglares y narradores de todas las tradiciones siempre cantaron la excelencia y las gestas de grandes personajes glorificados por la leyenda. Ese es el canon, pero en este caso ¿cuál sería la gesta y la leyenda? ¿qué es lo significativo de la vida y la obra de una figura señera de la mística del S. XVI para un espectador del S. XXI? o lo que es lo mismo en otros términos ¿qué es la mística para nosotros hoy?

Elémire Zolla en el prólogo a su "ANTOLOGÍA DE LOS MÍSTICOS DE OCCIDENTE" señala que "a partir de la revolución científica los equívocos al respecto se han multiplicado en exceso" No soy de los que piensan que la tecnología y el progreso conllevan invariablemente el deterioro espiritual y moral, pero estoy de acuerdo con este autor en que hoy en día la expresión "abandonado a Dios", por ejemplo, se entiende como "rechazo de cualquier iniciativa, anonadamiento hipnótico, sumisión acrítica, etc..." Todo esto se asocia a veces con "la mística" además de otros tópicos particularmente reincidentes en el caso de Santa Teresa o San Juan de la Cruz. Siendo así ¿cómo podría descubrirse el tesoro perenne de estas "figuras de la gesta", los místicos, para el hombre moderno, posmoderno, "desplazable" como dijo B. de Jouvenel, o sea "sustituible", forzado a satisfacer perentorias y ficticias necesidades y obligado a reprimir sus instintos, sin imaginar si quiera que cabe la posibilidad de trascenderlos? Esta sí que podría ser una interesante gesta moderna, accesible al trabajo de un moderno juglar: la conmoción del corazón por medio de la belleza de la vida de estas figuras de la gesta espiritual. Esa sería sin duda, una gesta del arte.

Por mi experiencia con espectáculos como "El Evangelio de San Juan" o San Francisco, juglar de Dios" de Dario Fo, me consta que actualmente podría interesar (¡y mucho!) la vida y la obra de alguien que se lanzó a la aventura (¿quijotesca?) de sustituir el miedo por la reverencia a la divinidad. El testimonio escrito de estos hombres y mujeres muestra que esta aventura formaba parte de su propia y vital experiencia. Esto es lo que, utilizando un lenguaje moderno, se podría llamar "una completa y total curación". ¿No podría ser esta una forma actual de entender "el relato" del siervo que deja de serlo y se convierte en amo, o lo que es lo mismo, en "hijo" del "Padre"?

Todos sabemos por experiencia que retirar la atención de nuestros propios sentimientos, percepciones e ideas obsesivas es sin duda una ascesis que supera con creces las renuncias de tipo físico y no pocas veces conduce a una refrescante e higiénica liberación. De la misma manera con un lenguaje tocado por "la gracia poética" Santa Teresa habla de lo que hoy llamaríamos "tendencia neurótica que busca a toda costa la seguridad", que sacrifica el ideal caballeresco y el sabor de la aventura por la "compulsiva necesidad" de encajar cualquier experiencia en un sistema lógico donde la experiencia pueda ser reelaborada, y en definitiva manipulada. Yo reconozco esta obstrucción de la espontaneidad vital como un síntoma claro de la patología del miedo. Pero ¿existe el miedo a la plenitud? Como diría Hamlet: "...hay muchas cosas...muchas más de las que jamás ni por asomo, soñó nunca nuestra filosofía". Por lo tanto, mente abierta, perspectiva infinita y valor frente a las rarezas imprevisibles de la filosofía. O sea, caballería andante, una vez más.

Santa Teresa habla en "El Castillo interior" con un lenguaje en el que todavía resuenan los ecos caballerescos y el ideal poético de la gesta, pero ¿cómo se podría hablar hoy, con la misma claridad y contundencia, de un castillo interior?

San Francisco de Asís, que era un artista y utilizaba "el performance", decía que la belleza era el único camino para tocar el corazón del hombre, inclinado por naturaleza a la tiniebla. Esto ya, dicho así, por sí solo es belleza. Pero Robert Musil nos recuerda en el Siglo XX que "si hoy alguien quiere hablar con los pajaritos debería estar dispuesto a hundirse bajo el suelo y meterse incluso dentro de los cables de la conducción eléctrica". Se exhibe aquí una extraña belleza en la expresión. (En los libros de texto de mi infancia se decía de la princesa de Éboli: "mujer de extraña belleza", extraña porque era tuerta) El arte se alimenta del imaginario colectivo de su tiempo y nuestro tiempo tiene su extraña belleza escondida.

En fin, Santa Teresa habla del secreto vibrante del alma y la poesía en ella es un florido estandarte.

Mi proyecto para este espectáculo, por lo tanto, es un recital con sus composiciones poéticas más significativas, sobre las notas sostenidas de un solo instrumento: un violín abierto al oído hacía el sonido secreto escondido, al asalto del "Castillo interior". El violín predispone y desbroza el camino. La poesía hace el resto. Pero no sólo eso. Debería haber otra parte, o contraparte, tomada de la sustancia de la biografía pero pasada por el tamiz de la juglaría: los episodios escogidos de la biografía teatralizados e intercalados con los poemas. Para lograr el equilibrio entre estas dos fuerzas contamos con la inestimable ayuda del Espíritu Santo. Es decir, el humor, que como corriente eléctrica vivifica, despoja, limpia y puesto en su sitio, conduce hacía otros propósitos.

Me explicaré con un breve ejemplo: Hay en el claustro del Monasterio de Silos un relieve en la piedra que muestra al peregrino de Emaús caminando junto a los apóstoles, pero el peregrino lleva, curiosamente, colgada en su cinto una concha del camino de Santiago. ¿cómo es posible? Como hoy suele decirse, al ambientador histórico que asesoró a este cantero "se le fue, sin duda, la pinza" ¿a dónde iba realmente el peregrino a Emaús o a Santiago de Compostela? Con este pequeño, "subversivo" detalle se abre una brecha en el tiempo y se muestra una luminosa sugerencia: un guiño que nos advierte que aquello que "fue" está "siendo" ahora.

La vida de Santa Teresa podría ser la aventura que se desarrolla en la conciencia de cualquier mujer, de cualquier hombre del siglo XXI. Y estas cosas a veces ocurren (como en el caso del peregrino) por el efecto sencillo de un "gag". Un desliz. El humor como técnica expresiva al servicio de algo escondido en la forma. Un signo.

El peregrino podría aparecer hoy también con un GPS, preguntando, perdido en mitad del camino...

Aunque nos parezca algo demasiado elevado, irreal o distante todos tenemos derecho a la mística (¡el camino!) como a la instrucción, la sanidad o la salubridad de las aguas. Aún más si cabe. A fin de cuentas la vida moderna nos obliga a una ascesis forzosa que pasa por la renuncia, en muchos aspectos, a la vida sencilla, en contacto con la naturaleza. En ese sentido hay una cierta semejanza, por oposición, a la vida de los grandes místicos de la antigüedad. Ellos trascienden la naturaleza y a nosotros la vida moderna nos priva de ella. Como dice Elémire Zolla, lo más parecido en la vida profana a la intensidad y alegría de la vida de un místico, tal vez sea un abrazo. Ya lo dijo el poeta: "el amor rige la corte, el campo y el bosque. A los hombres abajo y en lo alto a los santos. Porque el amor es el cielo y el cielo es amor". La predilección de los místicos por las metáforas amorosas no es casual. He ahí la llave maestra: un abrazo entre Santa Teresa y el público del S. XXI. Esta es mi propuesta para este recital-espectáculo. El abrazo es un gesto que provee la energía ancestral del teatro.

Rafael Álvarez