Rafael Álvarez "El Brujo"  
55



Entre los versos de San Juan de la Cruz y Santa Teresa y la novela picaresca se conforma este nuevo monólogo de Rafael Álvarez. El Buscón de Quevedo ha sido su primera inspiración. El pícaro Don Pablos, andariego y satírico, juega con aquel rico lenguaje llamado de la Jacarandina que se utilizaba entre ladrones, embaucadores y vividores en general y se acerca –ambos pícaros pero distantes en tiempo y forma- a nuestro Lazarillo de Tormes, menos dotado para el hampa pero tan palabrero como el otro. Este don, que nace de la desconfianza ante la justicia y la burocracia omnipresente tan española, les sirve para realizar agudos juegos de palabras que analizan, critican y satirizan la injusta sociedad en la que les ha tocado vivir.

Así, el arca tan ansiada por nuestro Lazarillo cede paso a la espada rufián de Don Pablos, poeta popular y cotidiano, -pues la poesía estaba viva en la calle, en boca de gentes pocos leídas-, para que rebelde fingidor, contara su irónica suerte.
Ambos pícaros están condenados a serlo y ambos terminarán siendo presos.

Este lenguaje coloquial con halo poético, esta poesía vívida, es de gran fuerza en Santa Teresa y también en San Juan de la Cruz. Pero no les une sólo el don de la palabra clara sino también el deseo descontrolado. El hambre del Lazarillo se parece al hambre de la Santa, dice El Brujo; y así, esta mezcla genial y disparatada de Místicos y Pícaros, se encuentran y desencuentran en este espectáculo, acercándonos –de eso no hay duda- a una parte de lo mejor de la literatura y la poesía española.

En escena seis grandes, Nuestro anónimo Lazarillo (visto con la inteligencia de otro, Fernando Fernán Gómez) Quevedo, San Juan, Santa Teresa; y por último EL BRUJO, interpretando y recitando esas magistrales palabras. Y me inclino por pensar que algo más esconderá Rafael Álvarez, entre los pliegues de esa capa zurcida y tan gastada del llamado Buscón Don Pablos.


Herminia Pascual