Rafael Álvarez "El Brujo"  
 



Que Lazarillo de Tormes
es una de las cuatro o cinco obras mayores de la literatura española no es necesario repetirlo; sí puede ser conveniente advertir que de todas ellas, me refiero a las de los Siglos de Oro, es la de más difícil lectura; por consiguiente, la menos deteriorada por el paso del tiempo. De ahí que la tarea obligada para un adaptador, de actualizar algo el lenguaje, precisamente para que no pierda fluidez y ritmo al ser escuchado, para que conserve su claridad y su transparencia, no haya sido muy ardua, y menos aún para un pícaro como yo, cuya amistad con el pícaro salmantino data de los catorce años, cuando le encontré por primera vez en económica edición de papel prensa.

Ahora el pregonero abandona por poco tiempo plazas y calles de Toledo y se encarama al escenario para emular a tantos parientes suyos, los cómicos. Me he limitado a echarle una mano, pues él nació dotado para fingir y más le enseño la vida. Con mi escasa ayuda y la muy abundante, eficacísima, inspirada y profesional del cómico Rafael Álvarez, llamado “El Brujo”, y gobernado por la invisible batuta del director, seguro que sale bien librado de esta singular peripecia.

Al modesto adaptador le han sido de especial ayuda los comentarios de José Antonio Maravati, de Fernando Lázaro Carreter y de otros sabios, y especialmente, lo que ha podido hurtar a Francisco Rico, que le hizo fijar su atención en que lo que narra Lázaro es un “caso” y que lo narra por medio del género epistolar, moda entonces recién importada de la admirada Italia. El adaptador se ha limitado a convertir la carta en declaración –más o menos pública-, y ha resultado un monólogo. Pero no un soliloquio. Aquí el personaje no medita en soledad, no se autoanaliza ni abre el corazón aprovechando que nadie le ve ni le escucha; al contrario, declara, se confiesa – dice que se declara y se confiesa- a unos cuantos señores a los que el espectador del teatro no ve, pero que están ahí, también como espectadores, y escuchan toda esta retahíla, esta sarta de verdades, que no sabrán nunca si lo son.


Fernando Fernán Gómez
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