Rafael Álvarez "El Brujo"  







“El Evangelio de San Juan” es el título del espectáculo que cierra una trilogía compuesta junto con “San Francisco, juglar de Dios” y “Los misterios del Quijote”. Los tres espectáculos se basan sobre antiguas técnicas de transmisión y narración oral. El humor es una nota dominante en ellos. Versan sobre temas que han dejado una fuerte huella sobre la memoria y la imaginación colectiva.
Se nutren por igual de la ‘tradición de la palabra’, por decirlo así, insisten de forma especial en la fuerza viva de la palabra hablada frente a la tradición de la palabra
escrita y su ascendente en el teatro. Así mismo, la confrontación (y a veces la interconexión o incluso la síntesis) de estas dos tradiciones y el reflejo de sus contenidos en la imaginación popular, (en la forma de cuentos, leyendas y otros temas objeto del arte de los antiguos juglares) es también un factor común a ellos. El estudio de la obra de Dario Fo, teórica y práctica –especialmente la puesta en escena de “San Francisco, juglar de Dios”- ha ejercido una influencia decisiva y muy visible en el desarrollo de estos trabajos y en su visión conjunta como trilogía.

“El Evangelio de San Juan” la cierra y la completa con un tema fascinante, que hunde sus raíces en las más antiguas tradiciones orales del Mediterráneo. Este espectáculo se inscribe en el ámbito propio de la juglaría, con el humor, la vitalidad y el ritmo propios de la comedia, pero al mismo tiempo, como en “San Francisco, juglar de Dios”, con una fuerte carga poética, en este caso ineludible,
por el lenguaje propio del texto y la ternura y simbolismo de alguna de sus situaciones.

El poder del mundo y la libertad de la palabra


A través de las rutas de Palestina, el hombre-Jesús, poco a poco se revela a sí mismo. Al final del trayecto en Jerusalén la hora de su muerte consuma de forma completa
el proceso. El pueblo observa el espectáculo. Un extraño profeta itinerante rodeado siempre por un grupo de personajes secundarios que le siguen sin saber a dónde ni por qué. Los signos que manifiesta revisten en verdad una gloria incomparable. Los enfermos se curan, andan los paralíticos, los ciegos ven, incluso hay un hombre (Lázaro) que regresa del abismo de la muerte y todos sienten al fin el consuelo, magnetizados por sus hermosas palabras. Jesús es un poeta tan sublime que cuando habla desconcierta el sentido de los hombres y hay quienes creen estar escuchando a Dios. Su secreto es la fuerza, la acción y el poder de su palabra, pero este hombre es justamente el Hombre al que los hombres (ciertos hombres) no pueden soportar. Encarna en sí mismo la libertad del ser.
Él es La Palabra. Si el lenguaje es el espejo del poder el Jesús de San Juan es un escándalo. Ejerce violencia poética sobre el lenguaje caduco del mundo, lo subvierte con fuerza y renovando así el lenguaje, renueva la vida. Pero sus adversarios no le entienden, le rechazan, se revuelven. Los viejos sacerdotes aferrados a la tradición en el fondo temen el misterio. (¡Actual!) La novedad radical del mensaje de Jesús, su “libertad de expresión” choca brutalmente contra la inercia opaca del poder. En resumen: La Palabra viene al mundo, pero su luz ciega, confunde al mundo. Y finalmente el poder crucifica La Palabra.

El Evangelio de San Juan en el pensamiento y el ARTE a lo largo de la Historia


Al margen del interés de grandes cineastas por la figura concreta de Jesús (Zefirelli, Passolini, etc) desde Leonardo a Chaplin, Kierkegaard, Bach o Einstein, a lo largo de la historia, el Evangelio de San Juan ha conmovido a centenares de filósofos, poetas, artistas, músicos y hasta científicos.
Newton le dedicó los últimos años de su vejez. Llegó a aprender griego clásico y arameo. Después de estudiar el fenómeno de la luz durante toda su vida, probablemente, antes de morir, quiso penetrar siquiera un poco en la raíz de su misterio. Salvando naturalmente las enormes distancias, este proyecto se inscribe como una modesta aportación, desde el mundo de la escena, un pequeño granito de arena en esa corriente del arte que a través del trabajo de los hombres y mujeres de todos los tiempos, evoca, contempla o celebra este enorme regalo de la vida en el Hombre: el don del misterio.
Veo “El Evangelio de San Juan” como una extrovertida ceremonia popular con la frescura y espontaneidad que le confiere al teatro la risa y la sensualidad del contacto inmediato con el público, pero con cierto aire de exaltación mística, o HISTÉRICA, si se quiere. (En cierto sentido como una modalidad o derivación lírica de los motivos del famoso ‘misterio bufo’ de Darío Fo). Un relato, a veces sencillo y silencioso, PERO TAMBIÉN EN UN AMBIENTE DE FIESTA, COMPARTIDO Y VIVIDO COMO UNA CEREMONIA MÁGICA.

Rafael Álvarez
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