Rafael Álvarez "El Brujo"  
 



Es cuando menos curioso que una obra que transcurre en el París otoñal de 1680 no resulte en absoluto extraña para el espectador de finales del siglo XX.

En efecto, hay textos que pasan de moda y se olvidan, o textos que, simplemente, reflejan un momento muy puntual de la historia... ¿Por qué ocurre esto con Molière?. Y es que, la humanidad ha cambiado mucho, o los tipos que creó el dramaturgo francés siguen representándola como entonces.

El Avaro es una comedia de equívocos, enredos y disparates; con una curiosa intriga, Molière nos invita a una ensalada de sentido del humor. Es una obra popular, del pueblo para el pueblo, que conserva la agilidad y frescura de la "Comedia dell'arte" - -Arlequín, Pantalón, los enamorados-. No obstante, y aceptando estos ingredientes, no debemos olvidar que se trata de una comedia dramática. Una comedia de caracteres que, en un clima agridulce claroscuro, refleja con amargura los vicios y valores del ser humano. La obra es todo ritmo, encadenamiento de escenas, lenguaje intencionado... Es un texto donde nada es banal, y en el que el orden estructural está deliciosamente cuidado; una comedia donde prima la rapidez en la exposición del asunto y la sorprendente vitalidad de los personajes.

Los tipos están bien pintados, con tantos colores y matices, que en ningún momento vemos limitada su riqueza y libertad de movimiento. Están tratados con ironía pero con gran humanidad siendo a un tiempo soporte para la crítica a las costumbres sociales y sujeto de una acción ejemplizante.

El avaro, Harpagón, no sólo es un ser ridículo, irrisorio o divertido. No es un payaso ni un bufón que haga reír. Es sobre todo un ser patético, aislado y lleno de amargura. Un virus que contagia a cuantos le rodean. Es un ególatra, endurecido por el ambiente de pobreza y miseria de la Francia bélica de Luis XIV; y quizá es también reflejo de esa ciega ambición del soberano francés.

Con una belleza coloquial aún admirable, El avaro descubre al espectador contemporáneo como una comedia de contrastes, oposiciones, antítesis, en la que la casa es símbolo de patetismo, decadencia y mezquindad, pero en la que entra como aire fresco un rayo de esperanza para aquellos que son víctimas de la enfermedad.

Por la experiencia de la aventura accede al conocimiento de aquello que por la fe ya ha sido hallado. Es el camino del caballero, del elegido, del instrumento de la voz.




José Carlos Plaza