Rafael Álvarez "El Brujo"  
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El Bululú es sencillamente un actor solista. Esta tradición perdida tiene su arraigo en el Siglo de Oro español. Aunque en Italia se ha conservado mejor, las connotaciones son completamente distintas. Hay muchos exponentes actuales de esta modalidad. Especialmente conocido es el Premio Nóbel de Literatura, Dario Fo, pero sus ancestros se remontan a la juglaría medieval italiana y al teatro renacentista.

Actualmente ha surgido un género de monologuista que tiene más que ver con el show business, el “chou bisnis” norteamericano, similares a los monólogos típicos del televisivo “club de la comedia”. Aunque ajenos al linaje del Bululú, estos cómicos se hayan sometidos al mismo compromiso que todos nosotros: la supervivencia a todos los niveles procurando la felicidad a través de la risa y en el caso del Bululú, además, tratando de acercar también al público, a la magia inmemorial del teatro. Esa es la diferencia. Vivimos en una época que requiere cada vez más méritos de comediante antiguo, como son el arrojo y la persistencia contra viento y marea. El Bululú del Sigo de Oro “va a pie de pueblo en pueblo” y para llevar a cabo su representación necesita del cura, quien recogerá las monedas y procurará comida y alojamiento. ¿Llegaremos de nuevo a este punto? A la desvalorización de las formas propias, a los esquemas que impone la televisión, se une ahora la crisis y el efecto devastador que produce en el teatro. Ni siquiera nosotros, (las propias gentes del teatro) nos atrevemos –todavía- a hablar de este asunto públicamente. ¿Qué conspiración nos tapa ahora la boca? Por todo esto, tiene un valor romántico especial esta “rara avis” de nuestra cultura teatral antigua.

Bululú ha dejado su rastro en los corrales y en gran parte del ambiente que se respira en los “todavía resistentes” festivales de teatro clásico español. Vengo recorriéndolos desde hace años y mantengo una reiterada fiesta en ellos, una cita fiel con un público que me asiste. Este bululú destila esa sustancia y ofrece mis mejores momentos del repertorio clásico a ese entrañable público. Un bululú del siglo veinte y uno que rinde homenaje a “aquellos bufos faranduleros miserables” que “por méritos tan grandes ingresaron anónimos en la inmortalidad”. La cita es de Quevedo, (la primera parte, la segunda es mía) ¡¡¡Gracias Bululú!! Y que ustedes lo pasen bien.

Rafael Álvarez
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